Caracas, la mutante

La “nueva” identidad capitalina parece edificarse con base en uno de los pilares de la “Venezuela saudita”

Una de las primeras responsabilidades de un niño suele ser un germinador: ese frasco de compota vacío, con un algodón enchumbado en agua y dos caraotas, para que crezcan y saquen una sonrisa de la pequeña cara del infante. Pero hay ocasiones donde parece que una de las semillas se abre sólo para que la otra la absorba y pueda crecer. Biológicamente es imposible –apunta el experto Carlos Peláez-, pero a los siete años esa es la impresión que da.

Siete años son los que han pasado desde que una nueva semilla se instaló en el corazón de Caracas, específicamente en la quintaesencia de la Venezuela saudita: en el Parque Central, mole de concreto que representa lo mejor y lo peor de una época ya pasada, la magnanimidad de los 70, se plantaron las raíces de una nueva forma de comer, moverse por Caracas y hasta de dormir, Revolution style.

Lechugas y girasoles

Con los primeros compases de la mañana, un grupo de trabajadores ara la tierra entre dos faldas de concreto. Es el cultivo Organopónico Bolívar I, instalado en el año 2003 y que antes era un terreno baldío que aprovechaban los niños de la comunidad para sus caimaneras. Desde el Centro Simón Bolívar dicen que se cosechan repollos, acelgas o zanahorias. Sólo había un poco de perejil, mucha lechuga y algunos girasoles, la mayoría de triste aspecto. “Si se vende, y mucho”, responde el dependiente, mientras vacía una caja con aún más lechuga.

El olor de los alrededores, plagados de buhoneros y artesanos, no invita ni a la siembra ni a la compra. Tampoco el aspecto de las ratas que pasean entre los cultivos pero que, por arte de magia, huelen la siembra y se espantan como si hubiesen visto a un fantasma. “Tengo dos años comprando acá, porque es más ba

rato y las veo crecer”, apunta una señora de mediana edad mientras recoge su compra y su vuelto. ¿El precio? 8 BsF./kilo en el caso de la lechuga, cincuenta céntimos más cara que en algunas cadenas, cincuenta céntimos más barata que en otras. Toma su bolsa, compra la prensa y se mete en la estación del Metro. Justo antes de que salga de la vista, hace una pausa y envuelve sus vegetales en una de las páginas internas del periódico. No había previsto el gentío.

“Dos de amarillo, una de blanco y otra de salchicha”

A sólo unos pasos del Organopónico está uno de los bebés estrella del “nuevo comercio”: la Arepera Socialista. Inaugurada el pasado mes de diciembre, ofrece diez “especialidades” del plato criollo, más jugos y almuerzos, a precios solidarios. Eso se nota en la cola de gente, de todo tipo, que coincide para echarles diente como primera comida del día.

Un motorizado, con el bolso full de diligencias, hace allí una parada obligada en la semana, como a eso de las 8:30 a.m.: “Tal vez no son gigantes, como en Las Mercedes, pero con lo que compro una allá me meto tres aquí”, señala. Ya no cuestan cinco bolívares, como promocionaron sus voceros hace menos de un año, sino 7,50 Bs. En sus inicios, uno comía y luego pagaba “pero más de uno se iba con la cabuya en la pata” explica un hombre vestido de verde, radio en mano, que da las servilletas al final de la línea de servicio. Ahora hay que cancelar con antelación si se quiere ser atendido. El menú es variado, con títulos regionalistas: así está la “Guaireña” (paté de sardinas, nada recomendable) o la “Llanera” (queso blanco, un poco ácido, pero pasable) o la “Mojellúa” (mollejas, sólo para valientes). Si hay alguna recomendación que hacer sería la de salchichas: gustosa y resuelta. La “Solidaria” es la única arepa mixta, con dos sabores a elegir. No hay límites de arepas –como en el principio- pero tampoco hay quien las envuelva para llevar.

Lo que no ha cambiado es el frío ambiente del comedor, con sus sillas de aluminio en ningún tipo de orden específico, los pensamientos de Bolívar escritos en la pared o las dos pantallas planas eternamente sintonizadas en el canal del Estado. Otra cosa que no ha cambiado es la factura: con el número de cédula salen los datos del registro civil como dirección de habitación y teléfono, así sean los de un novel comensal. Tampoco se ha borrado la frase de Marx, ahora más al fondo y con letras más pequeñas: “a cada quien según su necesidad, de cada quién según su capacidad”. Eso seguro complace al jefe de cocina, un colombiano formado en Inglaterra y que tiene planes de regresar a las Islas Británicas el próximo año. Él asegura  que le ha ido bien, pero que del otro lado del Atlántico se vive mejor.

La guaya que une dos mundos

Luego de desayunar, Alicia y su pequeña de dos años se dirigen por un pasillo, cruzan la calle y se montan en el Metrocable. El sistema tipo teleférico comunica a Parque Central con las zonas populares aledañas, que en el lingo caraqueño se resumen a San Agustín. En realidad, los casi dos kilómetros de vía aérea traspasan Hornos de Cal, La Ceiba y El Manguito para culminar el recorrido del otro lado del Guaire, en el verdadero San Agustín. “¿Y si esto se cae?”, pregunta uno de los pasajeros, neófito, turista. Es un representante del Consejo Comunal de Petare, que viene a “escautiar” para proponer uno similar en su comunidad.

La beba tiene una chupeta, cerrada, en la mano. A medida que la cabina asciende, se inquieta. Alicia abre la golosina y se la pone en la boca. Ella usa con regularidad el Metrocable porque puede “comer barato, comprar y bajar para ir al trabajo”. Su casa queda apenas a cuadra y media de la estación Hornos de Cal. Su madre no cuenta con la misma suerte. “Ella no se monta, primero porque le da miedo y segundo porque le queda lejos. Prefiere bajar las escaleras a Jardín Botánico y atravesar la pasarela”. El cuento se repite para al menos un tercio de los habitantes de la populosa barriada. “Si tienes que subir o bajar un buen tramo de escaleras, la muerte te ronda”, asegura con la voz cortada y un poco nerviosa por las preguntas. Entre los reflejos del zinc, un conglomerado avala sus palabras: en la cancha velan a una muchacha mientras sus compañeros comparten una botella y juegan voleibol.

Alicia se baja y nadie se monta en Hornos de Cal. Mientras Parque Central se pierde en la distancia y el otro lado de la montaña desvela al Helicoide, que el petareño confunde con el Poliedro. Es otro mundo: carreteras que asemejan más a un pueblo que a la capital en el medio del rancherío se pierden en una especie de camino boscoso a sólo cien metros de una torre de techos de lata. En el fondo, adjunto a la Estación La Ceiba, se encuentran los únicos desarrollos habitacionales que se han culminado –y que se prometieron. La gente todavía espera el resto.

Los “scouts” toman fotos de ida y vuelta mientras que, de regreso, ordenan evacuar la cabina. El entierro terminó en tiros al aire y aunque las instalaciones del Metro se respetan, un acuerdo tácito entre los lugareños, las balas perdidas no tienen dueño.

De abastos e hipermercados

De vuelta en Parque Central, la sed apremia. Es la excusa perfecta para visitar el abasto Bicentenario, que nació de la semilla de Cada. Las puertas automáticas y cristalinas asoman un cajero automático de un banco privado. En los anaqueles, eso se olvida entre confusiones más profundas.

La isla más lejana contiene las neveras, repletas de helado. ¿La sorpresa? No es un sorbete nacional, es el más caro del mercado. Entre las pilas de cerveza Pilsen, una marca familiar predomina. Del otro lado, el refresco más surtido no es rojo ni azul: su nombre está en inglés y es el “primero” que salta a la vista. Curioso, pues los empleados públicos tienen prohibido usar palabras en lenguaje imperial. La mezcolanza es aún mayor cuando se llega a los preparados de torta: Betty Crocker, una referencia de la cocina casera norteamericana, es el nombre más rimbombante. Las estanterías de revistas no hablan del hombre nuevo, sino de los tips para “atrapar a tu hombre” o de la farándula internacional.

En las afueras de Caracas, la simbiosis entre dos estilos de vida es aún mayor. En el Hipermercado Bicentenario, antes Éxito, lo que se llevan son los electrodomésticos. Pero no es la lavadora o la nevera, lo que parece salir de cada carrito: aires acondicionados completos “porque el calor es infernal” comenta un comprador;  pantallas de plasma –de las grandes- y equipos de sonidos que harían ridiculizar a las minitecas de los 80 son las ventas del día. “Eso se vende como pan caliente”, comenta una muchacha mientras ordena una pila de carpas. En este “socialismo” parece que el confort es lo que impera.

Foto: Revista UB

Los carros fantasmas

Si de confort se trata, la mejor manera de transportarse en esta “ciudad de la furia” es en carro. A pesar de las largas colas, la inseguridad en las autopistas o los innumerables huecos y baches, no hay nada como ir a casa en una cómoda butaca escuchando una buena canción. En este germinador también hay de eso: en el sótano 3 de Parque Central –al menos eso se había anunciado- funcionaría el primer “Concesionario Socialista” que vendería automóviles “a precios populares” impulsados a gas natural.

Si algo hay en el estacionamiento, es oscuridad. Lo que no están son los carros, modelo Space Fox y Fox que se habían prometido en diciembre: “Trajeron un lote, que ya estaba asignado, y se los llevaron”, replica el vigilante. “Es que estaban baratísimos, imagínate, 62 millones por un Fox. Pero no ‘trajieron’ (sic) más”, responde acongojado. Sí, vinieron en diciembre, pero no regresaron. Y, por lo pronto, parece que no van a regresar.

El sueño del “hombre nuevo”

Para rematar la jornada, es necesario un lugar donde dormir. En Parque Central, dos lugares definen la nueva manera de ir a la cama en tiempos de revolución: el Anauco Suites y el Hotel Alba.

El primero es una de las moles de concreto del complejo. En la entrada, un perro callejero echado al lado de un gran matero da la bienvenida a los visitantes –o residentes, según sea el caso. Este apartotel, en manos de la administración pública desde 2003, es el mejor ejemplo de la intersección entre la Venezuela saudita y la socialista: sus carísimas habitaciones –con precios de hasta 600 bolívares la noche- no dan la talla de un complejo que alguna vez fue cuatro estrellas. Las paredes se desconchan, los ascensores funcionan a media máquina y las máquinas de hielo ya no están al final del pasillo. En lo que antes eran impecables salas, ahora hay hasta ocho camas y los alfombrados pasillos se han ido cambiando por cerámicas que en algunos casos ya están rotas.

“Es una vergüenza que haya terminado así”, comenta una de las amas de llaves que ya tiene dos décadas trabajando en el complejo. “Es que acá llegan los muchachos y nada cuidan, y cuando cuidan otro lo daña”, continúa mientras recoge las sábanas del piso 16. Desde afuera, las antenas de DirecTV inundan los balcones, donde también se pueden apreciar colgaderos de ropa como en las zonas más populares de la ciudad. Allí residen –de forma permanente- desde sobrevivientes de la tragedia de Vargas hasta personeros del gobierno con residencia en el interior del país. “Está acabado. Le sacaron el jugo. Te aseguro que cualquier otro edificio de Parque Central está más bonito”. De hecho, no. Pero si el Anauco tenía la fama de ser la joya de la corona, eso se perdió en menos de una década.

Al otro lado de la calle, un botones abre la puerta de una camioneta oscura. Del vehículo desciende una comitiva de gente y de maletas. “Hello Sir, How can I help you?” se entiende en perfecto inglés al Concierge del hotel. El Alba Caracas, antiguo Hilton, no parece haber cambiado en nada.

Y este recinto sí parece haber soportado la prueba del tiempo. Su lobby está intacto –en algunos sitios remozado- y sus habitaciones conservan el glamour de siempre. Lo que ha cambiado son las caras de sus ocupantes. “Antes teníamos más hombres de negocios estadounidenses y europeos, ahora ves más argentinos y chinos”, señala uno de los mesoneros de L’ Incontro, uno de los restaurantes del hotel. Es que ahora los enteprenuers no hablan inglés o francés, sino español o mandarín. En dado caso, el propósito sigue siendo el mismo, la semilla abierta no fue desechada, sino absorbida por la otra para formar una rara mezcla que pulula en la ciudad, lo “viejo” y lo “nuevo” que redefinen las costumbres de los habitantes de la capital.

Publicado en la edición N° 67 de la Revista UB

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s